28/4/13

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Cecilia Romana


 © Estela Fares


Cecilia Romana

11 Poemas


De: Los que fueron (2013)



TODO LO QUE ME GUSTA EMPIEZA CON Z


En el baldío hay unas campanillas
que se abren de noche. En invierno las arrancamos.
Se les tapona el orificio y al soplar con los
pétalos apretados, explotan. No es gran cosa.
Sólo que mi hermano y yo crecimos
demasiado últimamente. Viene una vez por semana.
Lo pongo al tanto de las novedades ¡No puede ser!, me
dice. Trabaja en una librería, claro, no es cuestión
de competirle a Ribeyro, pero
los desplantes están a la orden del día para ambos.

Camino al colegio atravesábamos el baldío
con mis compañeras. A más de una le enseñé
cómo tronar fuerte. La trampa consistía en hacer torniquete
con el tallo abierto. Pero una mañana
un tipo nos esperó detrás de la morera con los
pantalones bajos y tuvimos que cambiar de ruta.

Si es tarde salgo a buscar a mi hermano con los perros.
Tironean más de la cuenta. Pareciera que huelen nuestra
familiaridad. Llega con una bolsa de cartón.
Antes de saludarme les toca las orejas ¡Es tan fácil
hacerse querer! Me da un beso: lo adoptamos
hace poco, no es herencia de la casa besarse
ni darse la mano.

Chasqueo los dedos. No vuelvas con eso, me dice,
no te empeñes con escritores. Sé de qué te hablo,
me dice. Zarpar, zorocho,
el nombre Zoilo –primo de mi abuela,
asesinado por los indios-, son algunas
de mis palabras preferidas.


PARAGOLPES


Mi suéter azul: las mangas anudadas en el centro
como el cuerpo raquítico de un
franciscano. Hacer coincidir
el cuello con el borde de abajo. Casi un balón
de rugby, o una bellota a escala Eiffel.
Me parece
que podría funcionar.

Si el objetivo era amedrentarme, fue más rápido
conseguirlo que idear
una colchoneta para tus desmayos.


TORTUGUERO


Saqué el folleto de la recepción -parecida a un antro de la
década del sesenta, mi ex cuñado hubiera dicho: ¡y
alternadoras! ¡No sabés las cosas que se veían en mi época!-,
pero nada de mariposarios ni, ¿cómo los llamaste?:
colibrisarios, donde están todas las especies de esos pajaritos
que andan marcha atrás con la facilidad de una cuatro
por cuatro con tracción delantera. Volvamos: es que me
hospedaron en un hotel y a vos, creo, en la casa
del agregado cultural. Bien, el mismo premio, diferentes
comodidades. Mujer de pelo largo, en mi caso; hombre
con lentes, en el tuyo. Esa disparidad, quizás, en esta ocasión,
mientras una gota de cerveza es acarreada por tu lengua
hacia adentro, esa divergencia dice que estemos enfrentados
en un bar a las doce de la noche, y no leyéndonos poemas
en Plaza Italia así como así.


¿Te acordás de la primera vez? No tuviste mejor idea
que relacionar mi nerviosismo con la probabilidad
de que fuera indomable en la cama. Bueno, bueno, dije,
caminemos. Y no te diste por aludido, aunque sé que te mordías
la lengua, y por eso preferiste que siguiéramos juntos, que
tomáramos el mismo colectivo, incluso, que yo
eligiera el siguiente bar y la fecha para volver a vernos.

Reanudemos: te llevaron adonde copulan las tortugas.
Llamativamente, te encaprichaste en hacer notar que era
una travesía ideada para millonarios -no para poetas raídos, creo,
¿eso dijiste?-, ¡mentira!, el que ama el dinero, lo disfruta
de antemano. Y eso hacías, gastándote tus tres mil dólares
en aparentar algo que no eras. Aunque quizás, sí, por ganarte
esa suma trepaste a un pedestal que te equiparó con magnates
del cemento Pórtland, los mismos que donaron
el dinero que gastaste sin pensar -sin pensar ni una vez-,
en el comedor que diez años antes le habías prometido
a tu madre en Bahía.


Mi hotel tenía nombre francés. Llevé a un amigo la segunda
noche. Nos consultaron: ¿pernocta el caballero
en nuestra casa? Lo llamaron caballero, por la edad, supongo.
Me pregunto cómo te hubieran llamado a vos
si entrabas conmigo esa noche y qué habrías hecho en su
lugar. Él no me tocó ni un pelo.


CINCO MINUTOS SON ALGO


La quinta vez que te escucho preguntar:
¿fumás?

Hay conceptos que cruzan
tu memoria
igual que ultralivianos.

O ir hasta el kiosco era
la mejor forma
de perder el colectivo
sin que pareciera un acto
premeditado.


UN CORRECTOR


No abuses de los gerundios.
Deberías reducir
en un cuarenta por ciento
las palabras terminadas en mente.

Después te fuiste de tu casa
porque no soportabas vivir
con una mujer celosa.

Lo último que escribí
ya no pude mostrártelo y quedó
como estaba: excesivo, impreciso.
Like you, respondiste.


TRANSCRIBIÓ UN VERSO DE POUND


Conmigo se portaba como un rastrero. Deberías
matar a tu propio hijo, me decía, pero no lograba
crisparme los nervios, tal vez, porque no tengo
el instinto -¿cómo lo llaman?-, maternal.

En cambio, aquello de Pound: lo que de veras
amas, no te será arrebatado, al pie de la
letra, aunque me avergüence, no dudé ni un minuto
en creer que era posible estar al margen.

¿Es otoño? Las quejas caen como duraznos.
Un hombre debería pensar muy bien las cosas
antes de hacerlas. Un hombre al que se le
meten ciertas ideas en la cabeza, debería
pensar dos veces las cosas antes de hacerlas.


EL FABULOSO MUNDO


El dobladillo de tu pantalón
terminado en capiteles por obra y gracia
de la lámpara
que Agustín trajo de Pátzcuaro,
bajo la cual unos leen y otros planean
cómo arruinarnos la noche.

Los animales se arraigan a los ciclos,
endurecen
las cerdas. Un hurón, por ejemplo,
te aventaja en muchos puntos. Por empezar,
la vista,
aunque ocasionalmente se hermanen,
el hurón y vos: te habrías acoplado a cualquiera
de las presentes para conservar
tu especie.
Y si bien las palomas resultan despreciables
por traspasar pestes,
mantienen una pareja
hasta la muerte, lo que las
vuelve virtuosas,
al menos, bajo la óptica de mi género.

Leés. Al acabar cada verso, tus
dedos intentan
capturar la cerveza que dejé a tus pies
como ofrenda.
Cuatro elementos: aire, tierra, líquido,
y yo
que no me pertenezco ¿Un
cordero? O una paloma, Tiresias.


NO DEBERÍAN PERMITIRLO


Todos los días lleno un canasto
en honor
de las pastillas, los rieles, una gillette.
Por gusto.
Por no tener nada mejor que hacer.
Mientras,
él aprieta el acelerador en la O’Higgins,
a riesgo de matar a cualquiera. Cualquiera
que nunca soy yo.


UNA NOCHE –UN DÍA-


Un día –una noche-, estaba borracho y me dijo:
te quiero mucho, mucho, mucho.

Es justo que él piense lo que quiera.

Pero yo nunca voy a olvidarme de esa noche,
y de que me quería, aunque estaba borracho,
me quería mucho, mucho, mucho.


CUANDO FUI A VERLO


Miré al suelo: ¿qué pensará él de mis botas?
Objetivamente: no cuaja con su altura.
Sin embargo, es posible aventurar
algo más acerca de dos pilotes
que nos elevan diez centímetros.

Alguien capaz de escribir:
sentí la feroz necesidad de compartirte
con un muerto, está más cerca de Desnos
de lo que yo jamás estuve.

Tal vez ni siquiera
se haya dado cuenta de que
usaba botas.

Pero mi cabeza originalmente
le habría llegado al hombro.
Nunca al mentón.

Al mentón nunca.



UNA ALFOMBRA PARA DOS ESCRITORES

«El soñar tendrá que terminar:
así lo dice la realidad, afligida».

D. J. Enright



Finalmente, no se trata de rebatir la posibilidad
de que el amor eche raíces a la segunda cita, sino
de un acto más ruin todavía: quemarle los gajos.

El plan que trazamos aquella tarde -¿te olvidaste,
acaso?-, me refiero a la orientación de los cuartos, la
grilla de horarios en que cada uno dispondría de
la máquina, bastó un llamado telefónico para
que se esfumara con la resolución de un conscripto.

En todo caso, algo queda de aquel bosquejo: la
alfombra beige cuyos dueños se empeñan en
conservar como saldo en una vidriera de la calle
Honduras, a la vista de cualquier transeúnte, cualquiera,
incluso -por qué no-, alguno de nosotros dos que
un día, paseando por las inmediaciones -solo,
acompañado, lo mismo da-, se repitiera: qué buen
plan teníamos. Qué bien nos hubiera ido juntos.








CECILIA ROMANA nació en Buenos Aires en 1975. Es poeta y licenciada en Artes y Ciencias del Teatro. Publicó: Flota, hangares y otros trabajos mecánicos, (2004); Duelo –junto a Mercedes Araujo y Carolina Esses- (2005); Aviso de obra, con el que obtuvo el Premio de Poesía Iberoamericana Sor Juana Inés de la Cruz, 2006 (México, 2008); No lo conozcas, con el que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2006 (México, 2007); El libro de los celos, Segundo Premio Poesía Fondo Nacional de las Artes 2009 (2010); Los que fueron, Segundo Premio Poesía Fondo Nacional de las Artes, 2011 (2013); ¡Canta, musa! Los más fascinantes episodios de la guerra de Troya, un libro de relatos infantiles junto a Diego Bentivegna (2009), Fue acá y hace mucho (2009), Cuentos folclóricos de la Argentina (2009), y Cuatro relatos medievales (2013). Bajo su curadoría, el sello Sigamos Enamoradas, del que es editora, publicó la antología de poesía argentina Hotel Quequén, en 2006, la antología de narrativa nacional Hotel Quequén II, en 2008 y la antología de poesía latinoamericana Hotel Quequén III, en 2009. Sus poemas han sido traducidos al francés en Canadá (Exit) y Bélgica (Maison de la poésie) y forman parte de antologías argentinas y latinoamericanas. Colabora en las revistas Fénix (Córdoba) y Hablar de Poesía (Buenos Aires), como así también en el diario El Litoral, de Santa Fe.

Analecta Literaria

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias. Una alegría estar en este espacio.
Saludos muy cariñosos,
Romana.

Letra de Cambio dijo...

También para nosotros es una alegría tenerte en este espacio, Romana, y muy agradecidos por tu presencia. Saludos muy cariñosos para vos y un beso

Mónica D. Pereiras

 

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