5/7/16

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Luis Carlos Mussó


Poemas 




AJEDREZ

64 escaques, un tablero. Tú de ébano ciego, yo de hueso-color. Te mueves en todas direcciones, pero tu abalorio recibe mi agujazo de hormigas. Los cuadros han medido tu silencio con un toque de incienso entre tus rodillas; y el peón adivina su salto diminuto sobre el tablero [PxT]. Tus torres se desladrillan en la diagonal de su cruz cuando entro en tu mezquita de rodillas [PxA]: aves de plumaje sin colores vuelan sobre el alfil mientras el caballo en celo revienta su casco de marfil en el coito de las laderas en ele, en forma de ele [PxC]. Poco falta para el sangrado del cielo aunque lucho y venzo en el enroque [0-0-0]. Son míos el susurro de los espacios, ese jardín incauto, el surco obediente de la espalda. El empeine de tu pie, a solo un casillero de mi lengua ofidia [PxP4R]. Culpas a la almohada de tus dolores –te ensañas con ella a mordiscos y lametones–. Pero no has caído en cuenta: somos ya un monstruo de doble espalda con fuegos de sal en el núcleo [P5D+]. Cojea nuestro aliento en este juego de reyes. Mi ariete embiste/ barrena las carnes/ incursiona en la memoria/ se duele en ti/ nos inunda pues tu saliva lo festeja y lo corona –peón por reina–. El surco está abierto para las tablas: nadie sabe de quién es la victoria [PxR++]. Nadie sabe de quién, el jaque mate.

NEGACIÓN DE CARGOS
[CON EZRA INCLUIDO]

Si pequeño y sereno –inevitablemente yendo detrás del instinto– llegara como un gusano hambriento a las profundidades del libro. Si en su interior cavara galerías que fuesen abriendo laberintos de páginas truncas y palabras. Si no viviera en este tiempo / Si lo hiciera cuando –en silencio– pendía el badajo de mi sexo sobre una virgen. Si solamente hubiera logrado –como Dios– que llovieran estiércol y muerte sobre mis enemigos.

Pero mis ojos llevan incrustado un espejo intransigente. Y el rumor exacto de la danza de aquella virgen se aleja de la sombra de mi badajo. Puesto que dios se adora a sí mismo y permite que quien quiera pueda imitarlo. En verdad que el tiempo ha inventado un cansancio tan habitable como una cicatriz hermosa. Aunque solo puebla sus páginas un sinnúmero de huellas flotantes.

Jamás he escrito esto. O creo nunca haberlo borroneado –empieza la fiesta del alcohol–. Concluyen las muertes ridículas: no veo correr el Jordán por las arterias de Pound –lo hace con más fuerza por las mías–. Y vuelvo nada pequeño [nada sereno] a buscar un texto obstinado en su superficie. A colgarme de mi instinto sin haber cobrado un solo talento. 



CARPE CORPUS


ahora que tus gavetas se vacían de aquellas noches ruidosas / ahora que el desierto es una página de pústulas que se atoran en esta mi garganta, las pieles se doblan y se recuerdan como un separador de páginas en el poemario inagotable de la desolación / porque ingresar a la sangre ajena es retirarle el seguro a una granada de mano de la segunda guerra que hallas en la playa de guijarros tatuada en mi brazo en los momentos del amor / porque ingresar a la sangre ajena es sumergirse en la agudísima helada que sobrevuela tu huerto y que dura tanto como un buldózer que avanza sobre nuestro lago congelado.


INDIANA JONES EN LA CALLE JULIÁN CORONEL
[CEMENTERIO GENERAL DE GUAYAQUIL]


Escuchas los chirridos en el metal de cruces mohosas mientras se oxida. Y en los socavones, sarcófagos / sarcofagia / fagia de sarcos. El miedo se te pega a la barba como sudor [las serpientes se encaraman en tus rodillas]. Nada como la piedra para grabar la imagen / Nada como el musgo para ahogar la piedra. Pasas inadvertido entre la caliza y el granito. Levantas la mirada y percibes una buena toma del campamento. Hay algo de la realidad en la habitación del sueño: el mandil de sangre con que me recibes en cada temporada de fuegos. Ya que la putrefacción ha llegado a tus miembros, el amor es una leyenda que crees haber sufrido en el sexo. Si todo poema vocifera un epitafio, éste también. Porque a la hora de los gerundios prefieres los que habitas... 
–el mundo negándonos, y tú desnudándome–



RE[S]CO[L]DOS DE VIDRIO

Sin saberlo Indiana está cerca / muy cerca / más cerca de lo que pensaba. La imaginé perdida para siempre –como al arca de la alianza– y llena de inscripciones sobre su nombre de yesca / y esta columna de humo corintio –esculpida con mecheros– quema pastizales en mi memoria:

                                                           EMPRESA LISIADA Y POLVO
                                                           RESARCIDO    [VIRTUAL]   A
                                                           MÁS DE CARROÑA PARA LOS
                                                           CUERVOS Y TRIBU PERDIDA
                                                           QUE AGUAITA MIS NOMBRES
                                                           ARRASTRADOS     POR        EL
                                                           VIENTO                    IMPÚDICO
                                                           IMPREGNADO EN CUARZO Y
                                                           EN     UN     AJENO       FUEGO
                                                          ANTIAÉREO [AÚN VIRTUAL]

Las zarzas albergan el grito de los pájaros / Y cada árbol es antorcha verde llena de sonidos en su destierro redoblado / Qué fue del nombre que sangra restándole volumen al gozo / sino consagración agusanada de mapas sobre los que sobrevuela –como gallinazo– esa tu voz hendida y rajada y leporina.




TELEGRAMA


de indiana. a tantos de tantos.– En este naufragio sin olas, punto. Quise asentadas las huellas, punto. Pero no están las lumbres en la pupila ni en el húmedo azogue, punto. Y tanto ya no están, que en su lugar creció la demencia como idioma cuyas ramas fabrican una pizarra desbarrancada, punto. Y hallo un zodiaco que se remienda con exterminios negados a la derrota abierta, punto. Maestría y desamparo en este calidoscopio de pesadillas acuclilladas, punto. Aunque la amenaza del bufón sea el crimen más ligado a tu aliento –a la escasez de estas alforjas–, punto. Extenuados, un par de ángeles oscuros cierran mis ojos, punto. Les ha dado por medrar conmigo, punto.



ONOMÁSTICA


A HORCAJADAS SOBRE MI NOMBRE, el héroe deshoja planicies pulidas durante siglos por los gallinazos. Me busca entre plantaciones de tabaco y de pimienta. Y el humo de su 78 79 cigarro eslabona –como con bloques de lego– diversas figuras: DRAGONES / NIÑOS INOCENTES / MUJERES FIELES / YO MISMO / MI NOMBRE [O SEA, SU CABALGADURA]. Y los bloques de lego –como entre humo– se desploman en jirones: SERES SIN VÉRTEBRAS. SERES DE HUMO. SERES DE NADA.



APEROS DE BESTIA
[EVANGELIOS VARIOS]


En el apócrifo canto también pierdes la noticia –no puedes retenerla–. Ante ti tres cantos pero los extravíos no son una cifra: son los escalones que transitan nuestros muertos.



I JOSÉ CEMÍ, EN TROCADERO/ 162 [CAPÍTULOS 1 – 5]

1
Omitir la danza en alquiler y dejar de par en par la danza de la hiedra: parte de la labor de vivir en el equívoco / parte del trabajo de hablar desde el equívoco. Pensaba así, dudaba si ensillar la bestia pillada al azar entre la fauna de Maldoror. O si mejor sería degollarme después de haber sido ensillado con la precaución de un collar de zumaque. No sea que mi sangre traspase los umbrales con cierta miopía de tiempo. Sobre la explanada, el arsénico derramado extiende la fama del santuario. Porque del samán es el mensaje divisado desde las terrazas / Pero la tortura de divulgarlo es de los ebrios de la ciudadela.

2
En la terraza lujosa se vacía la jaba de ron. Y a su vista la ruina cobra el volumen fiestero de una sucesión de olas. Pestañear es peligroso, pero esta mutilación no interfiere la retahíla de los barrios. A la diestra la Misión Española / a la siniestra el Fortín de la Nostalgia. ¿En qué libro están escritos nuestros nombres, si Levante y Poniente nos vuelven isla / Si nos aíslan el amo y su mayordomo?

3
¿De dónde la tristeza? ¿Por qué este portal de fósforo empapado? / este cordel con piezas de ropa lejana, si la soledad es la sombra impertinente del vecino / de su mujer / de la aldea? Tras el ventanuco de tela metálica, los gritos del zancudo expiran su estado gaseoso / Porque infiel hasta el soneto, el verso se comprueba preludio de un manglar de muslos húmedos / de una telaraña en que todo gesto queda atrapado hasta que lo consumes.

4
La Voz extraviada solicita una madeja para abandonar la oscurana. Y se adensa en mi rostro una máscara que he sabido ganarme después de que un puñado de palabras ahuyentara a los gallinazos –que alzan vuelo desde que descubrieron a Roque Dalton en una plaza de Praga abriendo un instante de magia: “Oh poesía de hoy: contigo es posible decirlo todo”–.



5
Puebla mis edades un mohín sahara en el que resbalan amores siniestros / Y baratijas cuelgan del cuello de mis muertos descarriados / baratijas que nadie ve por la neblina que anega estas buhardillas. Es necio el informe meteorológico: prevé una larguísima oscurana / Nosotros opinamos lo contrario.


II NICOLÁS, ANTE LA MAR CRISPADA [CAPÍTULOS 1 – 3]

1
Con esparcir caracoles sobre el tapete –y desplegar su lámpara de aire iridiscente–, se reconcilian el arrebato de la luz y un antiguo tañido de vientos que camina entre los bejucos. Y la sombra de los orishás oscurece mis rostros / inocula tus miembros.

2
En un mundo anterior retenido bajo vientres que jamás callan están mis muertos –las manos vueltas hacia arriba– reconociendo rabos de gallo en un cielo rígido a través de celosías hechas de acacia y del sexo de flores venerables.

3
Sin saberlo, la muerte puede aún llamarse César y caer de rodillas ante una daga / o llamarse César y ser el jerarca que extenúa flores al son del estandarte. Sensemayá: para qué el llanto por el que nunca has llorado, si las cuerdas del instrumento son los surcos de toda triste canción / toda triste semilla. Desde las azoteas, un estrambote sin soneto busca las lindes del espíritu. Quencúyere / Mayambé. Y en mi voz ofuscada se posan los colibríes al tiempo que una cruz se incendia como zarza / la enorme zarza en llamas que avistas en el campo del Ku-Klux-Klan.



III SEVERO, ESCUPIENDO AL SENA [CAPÍTULOS 1 – 4]

1
Un mapa negro –los bordes roídos por el sudor– resiste los arañazos del compás. Harto trajín el de esta sexual agrimensura / en que las planicies y las colinas preceden al momento magnífico de clavar el pendón. De nada sirve ese novedoso restregar de ojos inasibles / el manglar de sombras incrustándose en la mirada / una proclama de vidrio indestructible.

2
Ahora que un nocturno incendio consume duela a duela el puente tendido entre tu garganta y mi bordón endurecido a flor de humedad, se confunde la sangre con la cúpula de la sangre. Y bajo las aguas sonríen los rostros de los amigos muertos que de cuando en vez me visitan y labran mis hombros con pobres luces. Ahí está el sereno Vicente / Muy cerca el formidable Paco / Allá Argos, de máscara fiera. El sendero sigue al sendero más esbelto / y la lluvia de polen y brújulas se proyecta desde el ojo hasta donde se levanta el ojo. Y bien te has dado cuenta de que no solamente llueve la noche –torrenciales siluetas–, sino esta zarza agrandada de negrura que oscurece el aislamiento de la Voz.

3
Y el ángel solitario –en equilibrio sobre la punta de un alfiler– aún escucha que alguien orina. Es tanto el miedo todavía –el poeta de la Taberna dixit–. Porque aunque no los recuerdo, sé que de mis muertos llevo aquel gesto deshilachado del despertar de la máscara. Habrá que anclarse a un himno de anillos concéntricos como la corteza de la secuoya anciana. Habrá que repasar los umbrales de la Inocencia que pretendiste demorar y proteger construyendo diques de palo de balsa. Habrá –qué duda cabe– que pertenecer.

4
Travesía. Itinerario de sueños guiados por un mapa negro –el de los cuerpos–. Porque amarás: duro, por donde piensas/ sangras/ hablas/ orinas. Y así continúan los viajes a través del país de mis muertos. Y en la definición del ocio inviertes demasiadas fuerzas. Pero sobre el azogue de la herida, tomas sendos rostros con nuestras manos. Jamás quejándonos de arder / Jamás quejándonos de haber ardido.



REMEMORACIÓN
[CFR. HISTORIA DE LA ETERNIDAD]


Después de aquella noche –la de luna preñada, por más señas– en que pronunciamos al unísono el dolor y la herida en nuestros cuerpos, y en la que anegamos una terrible canción en ciénagas y resuellos –aferrados, ambos, con los dientes–, me negaste siete veces.

Recordé los hielos escandinavos. Esperé a que los lobos engulleran al sol y a la luna y pisé fuertemente el puente de la nave que me llevaría lejos –muy lejos–. Aquella nave construida con uñas de muertos y con pretensiones de trasatlántico o trirreme. Sentí la fuerza quebrada en mis rodillas, un humor vacío en el sexo y dos marcas color marrón –una en la nuez de Adán, otra en el hombro– que me estrangulaban. Pisé fuertemente sobre el puente de la nave, la que sería un abismo dispuesto a abrirme su secreto. Y viajé en aquella nave. Aquella nave pesada como tierra curada con uranio. Aquella nave construida con mis propias uñas.



TEOLOGÍA DEL MUNDO



1
porque ese dios que autorizó a la vejez a aniquilar las fuerzas de mi padre / ese dios que se hace adorar edificar intrincadas catedrales con tenebrosas gárgolas de porosa piedra que arranca confesiones pensamientos íntimos incluso la piedra que guardas en los riñones / ese dios que mató a sus hijos con el gas mostaza con el monzón con el VIH / me ordena ahora asesinar al mío / y me hace mirar—lo con lástima: / dios que debería ser linchado y vertido en una cloaca / yo miro a ese dios con saña con desprecio / dios que debería ser torturado y muerto / yo miro a ese dios con extrañeza cuando le arranco la máscara y encuentro una duna de vidrio / dios que nunca fue dios / dios que nunca fue nada.

2
porque jamás pierde ese tu dios invicto / y le agradeces el incendio que asesinó a solo parte de los tuyos / el huracán que destruyó la ciudad sin tocar tu habitación / un día más de tu cáncer terminal / el embarazo tortuoso y el útero estéril –en tiempos sucesivos– / esa alfombra fosforescente en la sangre ajena de la guerra / los guarismos en la quebrada escritura del océano / gracias a nadi[os]e / gracias a nadi[os]e / gracias a nadi[os]e.



POSCAPICÚA

1
siento que esta mano demente está escribiendo sobre ti / que está escribiendo sobre mí / sobre una luz de altos refugios en esa noche quemada cuando me enteré por un viejo amigo en la cantina –de muros más blancos que los de un sanatorio victoriano– que más pronto de lo que me imaginaba se vaciarían de luz mis ojos, como callan, de golpe y a un mismo tiempo, los grillos en la oscurana

2
siento que esta mano demente está escribiendo sobre ti / sobre la noche que cerraste pensándote héroe trágico solo porque mataste a tu padre y vaciaste tus ojos frente al espectáculo de tu madre desnuda que caía del dintel como plomada de carne / igual a tu viejo columpio que no era tu columpio sino la sombra del cuerpo que inauguró tus pesadillas

3
siento que esta mano demente está escribiendo sobre ti / porque el cuerpo es tu región más poética cuando camina hacia esas lindes que tiran de las venas de mi ojo / porque el cuerpo es tu región más política cuando avanza, manso, hacia la pudrición: porque le has ofrecido tu cuerpo a la muerte / y ella te separa sus labios, como aceitados muslos 


4.
desabrocho la esquizofrenia de esta urbe …ciudad ciudad ciudad… / la expongo entre sus portones de neón con la precisión de un interruptor / le madrugo sus fuegos fatuos / llega el instante de abolir el paisaje urbano de abolir la luz tal y como la entendía hasta hoy de abolir la sobriedad del sexo de abolir los puntos cardinales / y el escalofrío no quiere ser la sombra de un cadáver y huye a toda prisa de mi espalda / y me prepara para el silencio / porque mi silencio es como decirte: “aléjate de una vez, que no quiero que escuches cómo me pudro”  



metapoiesis.

la poesía como ebria canción de cantina / como foto amarillenta que guardas en las grietas de los huesos / la poesía como espiralado cristal de feria que deforma el mundo con sus bacilos perfectos / como desnudez que me acorrala / como orquídea revolcada en el meadero de los borrachos / como grito que la ciudad enhebra con ecos de una hélice que presiento trabajar en su giro maldito junto a mi oído medio / la poesía como colega de la muerte en su inútil carrera por hacerme humano / como cuadrilla que me enjaula en un paredón perpetuo / la poesía como terror acomedido que asume con diligencia los planos arquitectónicos de  mi demolición 



geómetras & geómetras cía. ltda.

se abre una geometría en la que no existen líneas ni paralelas ni secantes ni circunferencias / una en la que solo queda el muñón de tu lengua después de la estocada con que asesinas mi costado en evangelio de vitrinas / una en la que desde tu cínica sangre cruda te pronuncies a favor de la libertad, sin practicarla. una en la que la cara del espejo no sea tu rostro sino los plácemes con que defiendes esa tu crisis que ahora es ésta mi crisis. una en que la barra de las cantinas no me niegue su estupendo mercurio / de qué te sorprendes si siempre intuiste que para sobrevivir debía exterminarte / de qué te quejas si sabías que para dar espacio a mi voz debía hacer trizas la tuya  para siempre



nómina en adagio.

mi nombre se descuelga de esa su funesta ruta hacia la definición / cuando despellejas el mundo y te quedas con el vellocino, escrutándolo / porque soy los muchos que te acosaron con pares de brazos ilegibles / como el perro de paulov / salivando con cada réplica de tus gemidos nones / en medio de esos repicares del botellerío y los potros que se encabritan en mi obtusa aorta / mi nombre preso detrás de las huesudas verjas de un fármaco / mientras un amargo cande suizo se desembarca de estas avenidas en tu pécora bronca / mientras a estribor de tu sangre cavila un rumor de humus / una orquesta de clandestinos caracteres hebreos que me escupe el nombre de su verbo vaciado como su otro nombre
   
crónicas 1 – 7



11 si mucho antes de nacer fui mousseaux. si el abuelo cascarrabias se hartó de ordenar para la aduana las letras de su nombre / las de sus costillas / las de su entera fantasmagoría. 

[ abuelo: tu rostro borroso como mancha trazada con mi dedo infantil y grasiento sobre esa fotografía de cuerpo sepia y bordes rumiados por el terror]

2   si el paquete accionario del cuerpo –anegado en pentotal sódico– traquetea aquí abajo, como allá arriba los truenos desbocados.

3  será entonces su voz como el océano abisal, que me lleva sin que me dé cuenta hacia lo profundo, hacia el lugar donde no es delicadoperder[se]. 

4  y la luna, como una hostia, entrará por mi boca y barrenará poco a poco mis vísceras hasta la mitad / entre matisses y klimts a medio digerir; iluminará –ariete de pájaros que picotean mi voz– esas autopistas interiores hasta nacer de nuevo, rasmillándo[se].

5 si la primera vez que vi al abuelo cascarrabias fue en una foto de la crónica en la prensa, fue porque las ratas acabaron a dentelladas con la paja seca de la infancia.

2abismo y ceremonia


 …tus refranes me hacían reír
                w. colón / h. lavoe

1zoila me mira desde su tiempo con sus retinas pertinaces. y en cierto punto de su letanía, mi infancia camina desyerbando su respingo. 

2  escinde –como un afilado ecuador– las plantaciones de almácigo y avanza entre esos hemisferios que son pastizales a siniestra y diestra, en ondas concéntricas como trigales chamuscados por naves que nadie vio jamás.

3 ahora que esas retinas pertinaces suscitan la oscurana / y las ventajas infinitas de mi caos / y la tempestad de bach en mis oídos. 

4  ahora que se despereza la hiedra de menta que ortiga mi sexo y se descuelga como una ordenanza de plata, también pertinaz. ahora –y solo ahora– los prodigios de la química se hacen lugar entre los clorhidratos y los anhídridos.

5  nunca es la misma la reacción de los elementos. perozoila me mira desde su tiempo con sus retinas pertinaces que prolongan su historia más allá del tiempo en que fue madre de mi madre. 

13 si añades callejones de música a las galerías que excava el gusano en la fruta enmohecida que es esta carne / si le dieses pasos al juguete que marcha al son de la pulpa muerta / y una voz que rememore / y un reflejo que las aguas se lleven tejido como en un raído tapiz medieval. 

2  si el clarín opaco que guardo bajo la axila me obligara a naufragar en el fondo de los espejos, cuando el deseo husmea su propia cloaca y se muerde la cola / si resbalara como una piedra por el ideograma de tus canciones niñas / y solo pudieras amacarme entre tus costillas, como a una promesa recién nacida, zoila.

14 puñados de tierra clausuran la bullaranga de esta mi fogata particular.
2 un espejo entre nosotros crece revistiendo la progresión de la sangre / deteniendo la travesía de los emisarios de la fiebre en mi país. 

3  amaría tener posesión de tu nombre / hincarle una pica con su estandarte aún entero, mientras deambula por la pátina del invierno. 

4  piaras desbocadas avanzan entre los brazos de la muerte que sigue su curso hasta plegarse una y otra vez, semejante a un ojo encerrado en sí mismo. 

5[en la desnudez de la piedra pómez, varón que has engendrado, se resuelve el fósil de la pluma]

6ebrio, más ebrio, decías tú, por haber renegado de la embriaguez. curador de la galería que habito, curador ensillado bajo las mismas lámparas que me inocularon la intrusión, la errancia, la tortura de la piedad.      

7  aquí, en las seniles provincias del alba. a la hora de las lápidas agotadas con la extranjería de los pordioseros, aún te nombro.  

15 en el signo del hábito está el cieno que un crepúsculo esquizo expone en su vidriera / y yo me encargo de sus amarras por tu nombre de lianas y perdigones.    

2canción de aurora
[tu país es, por extensión, 
el extenuado y terroso nombre de tu madre]
3madre, es holgada la noche y tus vísceras plateadas por la luna son un mapa de andurriales eslabonados entre sí y desplegados hasta convertirse en salmos raídos y discretos.

4  madre, es holgada la noche y hasta los pájaros se alzan de hombros ante mis palabras / éstas que se desvanecen a tus pies igual que las aguas del hudson -que son las mismas aguas del guayas, y las aguas del yangtsé y las del zambeze-. 

5 madre, es holgada la noche y, cantando lo que hago y bailando lo que no -al estilo de cummings-, reconozco algo sabio en tus vísceras plateadas por la luna / y admito que nunca había hurgado en ellas como debía / nunca había hurgado en ellas ni en su mapa ardoroso como una colmena en ayunas.

6madre, es holgada la noche / y mientras transpiras halos viscosos – confusión, luminiscencia–, en esta noche, me sitia -sin secreto- tu recuerdo como un tsunami que me abisma y me tumba en riberas de cobre y sacramentos de agua salada y paisajes decapitados que llegan a tatuarse sobre esta ósea canción. 


7  aún cuento con los viejos recursos –de algo me sirve el deus ex machina–: aurora está conmigo, siempre. 

16 porque germina entre mis humores una goleta en los ojos del color preciso. germina una flota completa en esos ojos terracota oscuro irisado # 3 –yanbal dixit–. son los ojos de andrea. Y en su tono hay más muerte que en la amañada mirada del caimán. 

2  trampas en número par, cenotes a los que me dirijo / camino hacia ellos por el puente de borda de la goleta insignia / de la chalupa indigente / de una hoja de mangle que flota sobre el estero.   

17 oscilan las verdades, rebanadas en juliana. y cuelgan de las ramas del sauce llorón. te asomas al alcohol y a las astillas quebradizas de su pathos. te asomas al sonido que hace la arena cuandoolgamaría la recorre.

2 y alojadas esas mañanas claras en nuestras sienes, como navajas radicadas en su mejor tiempo, y haciendo su fuego helado en cada claro y pliegue de tu cuerpo:
en éste
en éste

y en éste también.

3  a la tormenta le debo estas pupilas confitadas que siguen un tren cargado de betún repleto desde el cabuz hasta su locomotora. también es de la tormenta laespera, ese género literario en que los oficiantes aguardan para pulir sus desnudas palabras con neurosis interminable. y es del tiempo en que soñarte y verte duplicada en el espasmo de los espejos son la misma cosa.

18  crónica postrera del abismo/ elecé

tu mirada, padawan, deja en mi frente un hilo de plata como el llagado rastro del caracol; descarrila, doméstico alcanfor, los vagones y el cuarto de máquinas de este oleaje que danza renqueando piel adentro. se aproxima al proyectar desde sus torreones un axioma que habla de barcos fantasmas y riberas que presienten la pátina en su humedad, como labios –si tu oído prensil captura el canto de la ballena en sus trabajos de apareamiento, los vahos del umbral escriben a fuerza de promesas un magullado cantar de gesta–. 

2 a veces, la chamusquina ronda entre pavesas que des/tejen una telaraña fosforescente –con gotas de mercurio que semejan el rocío–. a veces, atragantado con la gorga, o con la voz envuelta en escayola, no logro progresos a la hora de desmadejar estos laberintos –laborioso me resulta impedir la combustión de la yesca–. 

3  el abismo te trae el experimento:

[mira a tu hijo recién nacido durante unos instantes / retírale la vista de encima y ahora haz rodar los ojos en el hueco de tu pecho / quítale el número que pensaste: a eso equivale el vacío duro]

4 pero el relato de elecé vuela como una gárgola que custodia los días y las noches / de ruido blanco se trueca en voz anclada con metálicas raíces a mis vísceras, y zarandea las espadañas de mis lagos en una consumada alternancia de luz y oscurana que hace resonar estas opacas palabras de cristal:

larga es la espera,no he terminado de soñar contigo.

19 crónica postrera del abismo/ javiera
porque la culebra que hay en tu sonrisa me hinca los caninos en la nuca desde que tus miedos se confunden con mis miedos / los que se balancean pendiendo de los algarrobos con estrías infinitas que crecen por la noche.
2 porque tú y yo apenas intuimos ese idioma, pero hablamos con sus dolores 
3 porque un sol de papel incinera –con la punta de sus hielos– al bosque demacrado, pero aun así los dinteles del espejo me subsumen junto a esos otros relatos de la sangre / porque hay varias versiones de la llama en tusojos, los que diagramanel plano de una cárcel mística / sencillamente porque  tú / Y sé que te acosa el terror, y te digo: “tranquilidad, te espero en el lenguaje” / “Ya te he alcanzado en el lenguaje”, me dices, “entonces, ¿por qué el terror sigue aquí?”








LUIS CARLOS MUSSÓ, naciò en Guayaquil, Ecuador, en 1970. Poeta, narrador, docente, periodista. Estudió letras en grado (Universidad Católica de Santiago de Guayaquil) y posgrado (Universidad Andina Simón Bolívar). Ha publicado los poemarios: El libro del sosiego (Guayaquil, Manglareditores, 1997), Y el sol no es nombrado (Cuenca, Consejo Nacional de Cultura, 2000), Propagación de la noche (Cuenca, Universidad de Cuenca, 2000), Tiniebla de esplendor (Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2006), Las formas del círculo (incluye los anteriores, 2007), Evohé (Guayaquil, 2008), Geometría moral (Arequipa, Cascahuesos, 2011), Alzheimer (Guayaquil,  Ediciones de la M. I. Municipalidad, 2013), Cuadernos de Indiana (edición cartonera, 2011 y luego 2014, en Cuenca, Universidad de Cuenca y México, Proyecto Literal), Mea Vulgatae (Arequipa, Cascahuesos, 2014) y Sanseacaba (Quito, Ruido Blanco, 2015). Además, ha publicado Oscurana (novela, Antropófago, 2011), Épica de lo cotidiano (ensayo, Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, 2013) y Rostros de la mitad del mundo (semblanzas, Guayaquil, Centro Ecuatoriano Norteamericano, 2015). Siete veces premio nacional de literatura: Bienal de Cuenca (1999), César Dávila Andrade (2000), Premio Jorge Carrera Andrade (2006, 2014), M. I. Municipalidad de Guayaquil (2008), Angel F. Rojas (2010) y Joaquín Gallegos Lara (2012). Publicó, con el poeta Luis Fernando Chueca, Esquirla doble (Guayaquil, Ediciones del Consulado de Perú, 2008); preparó, con Juan José Rodríguez, la muestra de poesía ecuatoriana Tempestad secreta (Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2010) y editó y prologó la antología La astillada sombra de Sodoma (2013). Reparte su actividad entre la cátedra universitaria y  el periodismo. 





Analecta Literaria

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

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